post-segunda-oportunidad

“El éxito es aprender a ir de fracaso en fracaso sin desesperarse”

Lo dijo nada menos que Winston Churchill, y con la esencia de esa cita nos quedamos hoy para ilustrar las claves de la Ley de mecanismo de segunda oportunidad, reducción de la carga financiera y otras medidas de orden social o, expresado  en román paladino, Ley de Segunda Oportunidad, que veía la luz a principios de este año, pero que ha entrado en vigor en este mismo mes de agosto.

Dirigida a los empresarios que no hayan tenido éxito en su primera iniciativa emprendedora, pretende ser un balón de oxígeno para aquellos que han visto cómo su negocio ha fracasado y no pueden hacer frente a las deudas contraídas. La teoría dice esto, pero… ¿es realmente así?

Vayamos por partes.

¿Quién puede acogerse a esta ley?

La Ley de Segunda Oportunidad está diseñada, sobre todo, para ciudadanos particulares y para profesionales por cuenta propia (autónomos). Esto supone una novedad. Hasta ahora, sólo las empresas contaban con un vehículo legal claro para pedir la exoneración de sus deudas.

¿Cuál es el primer paso para acogerse a ella?

En primer lugar, el emprendedor/deudor deberá intentar alcanzar un acuerdo extrajudicial con sus acreedores. En este proceso, que será tutelado por un juez, el deudor podrá liquidar sus bienes para abonar las deudas que pueda pagar, o pactar un calendario de pagos para hacer frente a las mismas.

¿Qué requisitos hay que cumplir para que el acuerdo extrajudicial sea fructífero?

La ley establece varias condiciones. Entre ellas:

  • Que el deudor compense a sus acreedores con la cesión de los bienes no necesarios para el ejercicio de su actividad profesional o con acciones de su propia compañía. En ambos casos, el valor de los bienes o las acciones deberá ser igual o inferior a la cantidad adeudada.
  • Que el emprendedor proponga a sus acreedores un plan de viabilidad y un calendario de pagos para hacer frente a las deudas. El plazo para realizar dichos pagos no podrá superar los diez años.

¿Hay alguna figura que ayude en la negociación?

Sí. Al ser un proceso tutelado por un juez, el emprendedor podrá solicitar la ayuda de un mediador concursal, que hará de interlocutor entre el emprendedor/deudor y sus acreedores. Si finaliza el proceso de negociación (de unos dos meses aproximadamente) y no se ha alcanzado un acuerdo, el deudor y el mediador concursal podrán solicitar ante el juez el concurso de acreedores voluntario.

¿Qué requisitos hay que cumplir en el concurso de acreedores?

Una vez que el emprendedor haya solicitado el concurso de acreedores voluntario, el juez podrá exonerarle de gran parte de sus deudas bajo dos condiciones: en primer lugar, que el propio juez considere que el deudor ya no tiene dinero ni activos para afrontar sus deudas; en segundo lugar, que dicho deudor haya demostrado obrar de buena fe.

¿Por qué entendemos “buena fe”?

Es uno de los puntos más importantes (y polémicos) de todo el proceso. Para que el emprendedor sea considerado un deudor de buena fe, deberá cumplir varios requisitos. Entre ellos:

  • Que, antes de acudir al concurso, haya intentado alcanzar un acuerdo extrajudicial con sus acreedores.
  • Que no haya sido declarado culpable en el concurso de acreedores. Es decir, que el juez no considere que su insolvencia ha sido provocada adrede por el propio emprendedor (lo que en los concursos de acreedores tradicionales se denomina ‘administración desleal’).
  • Que, en los diez años anteriores a la petición de concurso de acreedores, el deudor no haya sido beneficiario de la Ley de Segunda Oportunidad y que tampoco haya sido condenado por delitos contra el patrimonio, contra el orden socioeconómico, de falsedad documental, contra la Hacienda Pública y la Seguridad Social o contra los derechos de los trabajadores.
  • Que, en los cuatro años anteriores a la petición del concurso, el emprendedor no haya rechazado una oferta de empleo “adecuada a su capacidad”. Este es un punto polémico, ya que la ley no detalla qué requisitos debe tener dicha oferta para considerarla “adecuada a la capacidad” del deudor.

¿El emprendedor se libra de todas las deudas?

En realidad, no. A la hora de hablar de las deudas que pueden ser exoneradas, la ley establece dos excepciones: “los créditos de derecho público y los créditos por alimentos”. Es decir, aunque se libre de las deudas privadas (bancos, proveedores…), el emprendedor seguirá teniendo que hacer frente a las deudas contraídas con Hacienda y la Seguridad Social así como a la manutención alimenticia de sus hijos en caso de estar divorciado.

¿Aparecerá el emprendedor/deudor en alguna ‘lista de morosos’?

Sí. Según el texto oficial, “la obtención de este beneficio se hará constar en la sección especial del Registro Público Concursal por un plazo de cinco años”.

¿Las deudas desaparecen para siempre?

Cualquier acreedor podrá pedir al juez la revocación de la exoneración de deudas si, en los cinco años posteriores a la admisión de la ‘segunda oportunidad’, el acreedor entiende que su deudor ha obrado de mala fe o ha obtenido ingresos a través de la economía sumergida. En principio, la ley otorgaba a los acreedores un plazo de cinco años para descubrir estas ‘trampas’ por parte del deudor; sin embargo, el texto final le concede un plazo ilimitado para hacerlo. Si el acreedor pide la revocación de la exoneración de deudas y el juez la acepta, el emprendedor dejará de estar sometido a esta ley y volverá a contraer sus deudas.

De modo que la ley realmente supone una oportunidad real para que quienes han visto cómo su negocio o proyecto vital no resultaba como esperaban levanten el vuelo. Ahora bien, los requisitos son severos -la ley es para todos-, porque lo que se busca no es privilegiar a quien no lo merece, sino apoyar a quien tiene dificultades, pero en base a un bien común.

De modo que la ley realmente supone una oportunidad real para que quienes han visto cómo su negocio o proyecto vital no resultaba como esperaban levanten el vuelo. Ahora bien, los requisitos son severos -la ley es para todos-, porque lo que se busca no es privilegiar a quien no lo merece, sino apoyar a quien tiene dificultades, pero en base a un bien común.

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