En muchas ocasiones olvidamos que quienes crean puestos de trabajo son las empresas y que, sin ellas, hablaríamos de destrucción de riqueza y tasas de paro mucho mayores a las que tenemos en la actualidad.

Es un hecho que la figura del empresario no es muy valorada en España. Sus detractores argumentan que, en muchas ocasiones, los empresarios tienen una necesidad obsesiva por la persecución de la máxima rentabilidad para su negocio sin tener en cuenta los sentimientos o situaciones personales de sus empleados.

Sin embargo, se obvian asuntos relevantes como éste: el empresario arriesga una parte de su capital para obtener el máximo beneficio posible. Sin esta condición, no habría inversión y si no hay inversión, no existe creación de riqueza y, por tanto, contratación. «La inversión es la antesala del empleo», suele afirmar José Rolando Álvarez, presidente de Iberaval. De hecho, esa búsqueda del máximo beneficio redunda en un mayor crecimiento empresarial y, por tanto, en la empleabilidad.

Todo ello ha de estar sometido a la legislación laboral y a unas determinadas reglas del juego para facilitar la relación entre el empresario y sus factores de producción y, obviamente, su fuerza de trabajo. Pero, si de verdad queremos crecer (superar definitivamente la crisis), el paradigma del trabajo ha de ser el emprendimiento, fomentando esta cultura y evitando trabas a la creación de empresas.

La economía es cuestión de pymes. Como nuestro crecimiento, nuestro desarrollo socioeconómico y la creación de empleo. Las pequeñas y medianas empresas son, sin lugar a dudas, la columna vertebral de nuestra estructura económica y la clave del llamado Estado del Bienestar.

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