Parece que en muchos ámbitos se empieza a detectar un cierto hartazgo del mito del emprendedor, de la glorificación de ese tipo de empresario como gran visionario que ha logrado impulsar empresas que dan miles de millones de beneficios y generan empleo. Pero lo cierto es que la realidad muchas veces es tozuda y se empeña en recordarnos que los que realmente tiran del carro en el empleo, en la economía de este país son los autónomos y las micropymes.

En esta sociedad, en la que en muchas ocasiones priman las apariencias, no vende esa tarjeta de visita que en negrita subraya que eres autónomo o que tienes una pequeña empresa o negocio. ¡Qué va! Eso para algunos se traduce de la siguiente manera: tu aspiración se limita a llegar a fin de mes con un salario digno, mantener a tus clientes y poder vivir de tu trabajo o tu negocio a duras penas.

Quizás por esta razón, la calificación como emprendedor suene algo mejor. Tiene ese aparente glamour de crear una empresa en un garaje, de buscar un negocio disruptivo que crezca como la espuma, de estar en el punto de mira de grandes empresas y medios de comunicación…

Por supuesto hablamos de percepciones. La imagen del emprendedor que hoy en día tenemos en mente es consecuencia del postureo, de un márketing saturador y malentendido que, al menos de momento, no ha llegado a la figura del autónomo.

Nada más lejos de nuestra intención ridiculizar o demonizar la figura del emprendedor, todo lo contrario. Estas líneas suponen un alegato para reivindicar la figura del autónomo. No todos son emprendedores, al menos ese tipo de emprendedor que nos quieren vender hoy en día.

Claro que todos queremos que nuestra empresa crezca y genere más beneficios, pero no todos tenemos el modelo de negocio para conseguirlo o pertenecemos a un sector en el que la innovación resulta más compleja.

Muchos autónomos sólo aspiran a vivir un poco mejor de lo que lo hacen en estos momentos. El peluquero, el panadero, el dueño de ese taller al que acudes cada cierto tiempo… y muchos otros se conformarían con trabajar ocho horas al día, tener un mes de vacaciones… en definitiva, vivir con ciertas dosis de tranquilidad. Puro glamour.

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